viernes, 4 de marzo de 2022

Ceniza, fraternidad y solidaridad.

 


El miércoles pasado fue un miércoles especial. Era el miércoles de ceniza. Volvíamos de celebrar el carnaval y tocaba cambiar el chip. Tocaba recordar que somos frágiles y que debemos ser conscientes de ello. Pero también somos conscientes de que juntos, esa debilidad es menos debilidad.



Desde los más pequeños del cole, que tuvieron su momento de reflexión y oración, tanto en las clases, como en la capilla del centro, hasta los más mayores, que desde 4º de primaria hasta 2º de Bachillerato y Ciclos Formativos, tuvieron la oportunidad de celebrar una eucaristía y recibir la ceniza (esta vez no sobre su frente, sino sobre su cabeza, para evitar el contacto lo más posible, por aquello de ser lo más prudentes posibles ante esta pandemia que no acaba de marcharse…).





En las dos eucaristías, tanto la de los de Primaria en nuestra capilla, como la de los de Secundaria, Bachillerato y Ciclos en la iglesia de San Juan, el ambiente fue muy especial. Participaron alumnos de todos los cursos, leyendo, presentando ofrendas, realizando peticiones o acción de gracias, cantando en el coro o ayudando en la decoración del templo. Como decíamos, el ambiente fue muy especial. No sólo porque hacía mucho tiempo que no nos podíamos juntar así, también porque la situación creada a raíz de la invasión de Ucrania hizo que estuviéramos especialmente sensibles ante la necesidad de ser sembradores de paz a nuestro alrededor. 











Además, teníamos muy reciente la Operación Bocata, por lo que uno de los protagonistas de nuestra celebración fue uno de los Bocadillos Solidarios de los que cada clase de nuestro cole llenó de rodajas solidarias. La COVID nos ha privado este año de poder celebrar la Operación Bocata, pero hemos convertido ese ayuno forzoso en un gesto de solidaridad efectivo con los más necesitados.


En definitiva, que fue un miércoles muy especial, pues pudimos sentirnos familia Amor de Dios y tuvimos la oportunidad de reflexionar sobre este tiempo de conversión y ayuno que comenzábamos. Además, nos sirvió para acordarnos de los que tienen que ayunar de manera forzosa o de los que, por diversas circunstancias, viven una vida de tristeza o penitencia de la que no pueden escapar. 


Por ello, como decía la canción que cantamos en la comunión, nosotros también podemos ser misioneros en nuestra ciudad. Podemos serlo si no nos avergonzamos de sentirnos seguidores de Jesús y si eso se traduce, siguiendo el mensaje del Evangelio, en una actitud fraterna hacia los demás, comenzando por los que tenemos más cerca. 



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